No sé si es que me estoy haciendo mayor, que me fijo más en estas cosas o
que la realidad se empeña en soltarme un guantazo de vez en cuando, por ser
mujer…

Y hoy no hablo
de la igualdad de género, hablo de la indignidad en general.

Trato de que
esto sea una reflexión serena, de verdad os lo digo, pero me cuesta horrores no
soltar lo que sale de mi estómago, sin dejarle tiempo a pasar por el filtro de
mi cabeza.
Es muy
complicado.

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Las de la foto de arriba (de 1956)  podrían ser las madres de las de abajo (de 2014).

Hablar de
mujeres en algunos países (me niego a hablar de algunas culturas, en estos
casos) es hablar de entes invisibles, que no tienen presencia en la sociedad,
que no opinan, que no disienten, que no piensan, que no hablan y a las que
muchas veces no se las ve.

Sí, obviamente
están ahí.
Porque mal que
les pese a algunos, no hay sociedad, ni país, ni gobierno que no se sustente de
la otra mitad de la población, que no se apoye en el trabajo silencioso en
demasiados casos de las mujeres.
Mujeres a las
que insulta, veja, ningunea y elimina de las instituciones. 
Mujeres a las que
les niega su entidad como seres humanos, a las que las relega a ser tratadas
como animales en su propio entorno o incluso peor.
No puedo
hablar de cultura en países en los que se lapida a mujeres por el hecho de
serlo, en el que se viola en grupo hasta la muerte, en el que se culpabiliza a
la víctima, en el que se utiliza a la mujer como botín de guerra, en el que por
el hecho de tener vagina se pierden todos los derechos humanos, de golpe o
mejor dicho, a golpes.

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Los informes
de Amnistía Internacional son demoledores, los datos de Intermón Oxfam son
insultantes, las publicaciones de UNICEF o Save the Children o Ayuda en Acción
son una patada en la boca del estómago de cualquiera con un mínimo sentido de la justicia y el respeto al otro.
Porque cuando
hablamos de mujeres no hablamos de edades, da igual, el desprecio va desde la
cuna a la tumba. 
No valen nada,
no valemos nada, no contamos, no merecemos un respeto, no tenemos dignidad.
No entiendo
como un padre puede pensar eso de su mujer pero aún menos de su hija.
No alcanzo a
comprenderlo porque me cuesta mucho comprender las cosas que no tienen sentido.
Y no me
vengáis con la cultura y la tradición. 

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También era
tradición poner a las mujeres el cinturón de castidad en este país hasta que se
suprimió, porque hay tradiciones impuestas que se llaman torturas por mucho que
los que las imponen se empeñen en vestirlas con el disfraz de la identidad
cultural.

No sé qué
podríamos hacer desde este lado, no sé como podríamos coger por los hombros a
estos torturadores de mujeres que gobiernan países y sacudirles para que se den
cuenta de que ese no es el camino, de que así no van a ningún sitio, de que
eliminar a la mujer es autodestruir una sociedad absurda instaurada ¿en qué? ¿en la
superioridad del hombre basada en su pene?
¿Se os ocurre
algo más ridículo y más cruel?
Lo que os
decía, será que me estoy haciendo mayor..

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