Complicado enseñar a gestionar emociones cuando no se saben gestionar las propias. Hay vida después de los seis.

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Complicado por no decir imposible, seamos sinceros.
Sí, 
es evidente que en esto de la maternidad no dejamos nunca de aprender y
según van creciendo nuestros hijos, nosotros vamos aprendiendo e improvisando sobre la marcha.
Tampoco es que nos queden muchas más opciones, la verdad.
Hoy, como cada mes, me sumo a “Hay Vida Después de los
Seis”
para hablar de lo importante que es enseñarles a gestionar sus propias
emociones. 
No es fácil, no es sencillo y como siempre, en esto tampoco hay un
manual de instrucciones que nos vaya indicando más allá de nuestra capacidad de
observación y nuestra percepción personal de lo que les ocurre y de lo que necesitan.

Es de sobra conocido que me gusta ver
películas con mis hijos y aprendemos muchas veces muchas cosas juntos
viéndolas.
Hace unos días vimos “Un Puente hacia
Therabithia”
creo que no la había visto porque no recordaba nada del desarrollo
de la película y me gustó mucho descubrirla juntos.
En esta historia, las emociones y su
gestión, tienen una tremenda importancia pero empezando por la gestión de las
emociones de los adultos y después las de los niños.

“¿De qué sirve estar toda la vida tan
serio?”

Crecemos, nos vamos haciendo adultos y
vamos perdiendo la capacidad de abstracción que nos daba imaginar, soñar con
nuevas y mejores historias que las que tenemos en nuestro entorno.
En esta película eso es lo que hacen
sus protagonistas, huir de su realidad a través de la imaginación. Ellos son dos niños a los que en el colegio sus compañeros no les
ayudan mucho e incluso algunos de ellos, alguna concretamente, se esfuerza en
hacer que lo pasen mal.
Pero claro ¿cómo hablar de bullying o
de acoso escolar en casa cuando papá y mamá están preocupados a todas horas por
el dinero que no llega, por el trabajo que falta, por las facturas sin pagar?
Cuando los adultos están serios toda la vida, cuando las circunstancias se
comen la posibilidad de hablar, de comentar, de comunicarnos, de buscar
consuelo o ayuda, de llorar juntos incluso y desahogarnos.
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Al final son los amigos, cuando los
hay, en este caso una nueva amiga llega al colegio y comparte el mismo problema de integración, de acoso escolar. Con ella es con la única que consigue compartir sus emociones, esas que
el protagonista no sabe interpretar pero que tampoco consigue expresar en casa
para que le ayuden a hacerlo.
Da miedo pensar que aquello que le
hace feliz a tu hijo, aquello para lo que tiene un talento innato pasa
desapercibido ante tus ojos, da miedo como madre no saber darse cuenta de eso y
no conseguir ayudarle a desarrollarlo, en definitiva ayudarle a que sea feliz.
Esto pasa en la película también y es una profesora la que lleva al
protagonista un día a uno de los museos de su ciudad. Un sitio al que no hay
ido nunca, al que sus padres no han podido, no han querido o no han sabido llevarle
¿cómo cambia la percepción de las cosas y de sí mismo cuando pasea por el
museo?¿cómo se siente?¿cómo le cambia incluso antes de regresar a su casa con
su familia? 
Y con un agravante más… es muy
sencillo buscar el momento para hacer un gesto cariñoso, una caricia o una
palabra de complicidad cuando el niño o la niña es pequeña, cuando las
soluciones aparentemente son sencillas, como le pasa al padre del protagonista en la película. Es sencillo acercarnos al niño o a la niña y cuanto más pequeño sea más sencillo nos resulta.

Lo áspero es ponerte en los zapatos de
tu hijo que ya ha cumplido los 9 o 10 años y que sus problemas son más
complicados, con más aristas pero que no por eso dejan de necesitar los mimos, el
cariño y la complicidad.
Complicado, muy complicado esto de enseñar o aprender a gestionar emociones.

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