La actualidad se empeña en que no quitemos ojo a las mujeres en todo el mundo por distintos motivos pero por una única razón: la desigualdad de género.

Hablar de desigualdad con nuestros hijos en casa, comentar lo que está ocurriendo de una forma tranquila, hacer que conozcan y entiendan lo que significa es una tarea en la que padres y madres estamos inmersos día a día y es nuestra forma de luchar precisamente contra esa desigualdad.

Desde el Premio Nobel de la Paz al desempleo, la mujer como género está en la agenda mundial, la actualidad y la desigualdad más injusta se encargan de ello y estos días es la excusa perfecta para tratarlo en casa, con nuestros hijos e hijas, de una manera tranquila como se deben hablar temas como estos.

 

Sangrante desigualdad

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Para muchos el Premio Nobel de la Paz está devaluado con algunos de los premiados en años anteriores pero es innegable que este año los premiados lo merecen más que de sobra.

Este año el premio lo recogerán dos personas que ponen rostro a la dolorosa situación de la mujer en los conflictos bélicos donde su propio cuerpo forma parte del campo de batalla.

Nadia Murat y Denis Mukwege son los dos ganadores del premio de este año. Nadia Murat es una de las más de 3.000 niñas y mujeres yazadíes esclavizadas por ISIS en Siria e Irak.

Miles de mujeres violadas y asesinadas sistemáticamente, esclavizadas y vendidas como mercancía para seguir siendo violadas y torturadas por otros hombres.

Denis Mukwege es ginecólogo y se encarga de reconstruir los cuerpos de algunas de esas mujeres, las que más suerte tienen y consiguen escapar de ese infierno.

Por su trabajo y su dedicación, por curar a esas mujeres, Denis Mukwege está obligado a vivir con escolta, con un guardaespaldas que le proteja de las agresiones que quieren atentar con su vida y con su obra.

Mujeres que viven en situaciones en las que la razón y la justicia brillan por su ausencia.

 

El peligro de ser mujer

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Como hemos visto en el caso de Nadia y en el de Denis, ser mujer es muy peligroso en algunos países pero no sólo en Siria, en Irak o en República del Congo.

La ONG Plan ha publicado estos días cuáles son las ciudades más peligrosas para una mujer y los datos son dolorosos.

Johannesburgo es la ciudad más peligrosa para la mujer por la violencia sexual, el robo y el hurto. La ciudad de Lima es la peor para que las mujeres de cualquier edad usen solas el transporte público. Kampala es la ciudad donde las niñas corren más riesgo de ser secuestradas y asesinadas.

Son las peores ciudades pero no son las únicas ciudades en las que la violencia contra la mujer forma parte del día a día.

Hace unas semanas en el Parlamento Europeo se alzaba también la voz para denunciar públicamente los abusos de algunos de los trabajadores de la institución sobre sus compañeras.

Sí, la civilizada Europa, el foro en el que se deben aprobar las leyes que deben garantizar la igualdad de mujeres y hombres en todos los ámbitos de la vida diaria y ni aún aquí se consigue.

 

 

Cosiendo la brecha

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El punto de inflexión ha sido sin duda el pasado 8 de marzo en el que millones de mujeres en todo el mundo pararon para demostrar que ya no se podía mantener una situación en la que la mitad de la población no tiene los mismos derechos que la otra mitad.

La revolución dice que será feminista o no será y en ella tienen la obligación de participar hombres y mujeres, todos. Unos reconociendo que no pueden ser meros observadores neutrales y las otras reivindicando la igualdad.

Y todo eso hay que contarlo en casa, comentarlo, hablarlo e incluso discutirlo si hace falta.

Hay que compensar lo que suena en las playlists de nuestros hijos e hijas  y hacer que ellos y ellas consigan ponerse “las gafas violeta”.

Hay que hacerlo sin presionar, sin obligar, sin prohibir pero sin dejar de apuntar al problema: la desigualdad de género, algo que nos convierte en una sociedad menos progresista y mucho menos tolerante y justa de lo que nosotros mismos nos creemos.

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