Las generaciones anteriores fallecían antes que las actuales. Antes tener 40 años era ser «más que adulto», era estar a punto de entrar en la vejez. Eso ha cambiado, es evidente.
Antes pocos tenían abuelos de 80 años o más… eran los menos, la excepción a la regla.
La esperanza de vida de la población española ha ido aumentando con el paso del tiempo, gracias al acceso a la medicina, a la mejora de las condiciones en las que vivimos las familias, a las medidas de higiene que se han ido incorporando a nuestras rutinas y sin duda, gracias a una alimentación sana y saludable.

Una alimentación sana y saludable que nos obstinamos en abandonar, en olvidar y no solo para nosotros mismos sino, lo que es peor, para nuestros hijos y eso no es bueno, no es nada bueno.
Porque resulta que con este cambio les estamos restando esperanza de vida, les estamos quitando años de vida y supongo que inevitablemente calidad de vida. No creo que eso sea justo y no creo que seamos conscientes de lo que estamos haciendo o mejor dicho: de que lo estamos haciendo
Para darnos un poco más de cuenta de este hecho os pongo aquí el enlace a un artículo muy interesante sobre esto de la fundación Eroski, a ver si nos tomamos un poco más en serio la alimentación de nuestros hijos porque: hablamos de su vida.

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