Un poco harta de tener la presión del estilismo también para ir al trabajo, hoy os traigo además de mi cabreo una historia inspiradora que lo mismo nos soluciona el problema de cada mañana pensando en qué me pongo para ir a trabajar hoy.

Un suponer, una mañana cualquiera en una casa cualquiera en la que una mujer tiene que salir de casa para trabajar.

¡Ring! Suena el despertador, en mi casa no suena así, mis sueños los interrumpe Aimar Bretos en la Cadena SER que tiene una voz más agradable que el timbre del despertador aunque a veces me despierte casi con un nudo en la garganta.

Me levanto, me ducho y después viene lo de siempre, de lunes a viernes ¿qué me pongo para ir a trabajar hoy?

Ir a trabajar en este país se ha convertido en una especie de “privilegio” a pesar de los pesares, a pesar de la diferencia salarial y de la presión de ¿la moda o el machismo imperante en nuestra sociedad?

A ver a vosotras qué os parece lo que vengo a contaros, lo mismo es cosa mía aunque lo dudo después de conocer a Matilda Kahl.

Y es que me encuentro con la experiencia de Matilda Kahl, neoyorquina, directora de la agencia de publicidad Saatchi&Saatchi, y doy palmitas con las orejas.

Si sois de las que cada mañana o cada noche (dependiendo de lo previsora que sea cada una…) pasáis un tiempo más o menos agobiadas delante del armario, buscando “algo que poneros” para ir a trabajar como mandan los cánones, la idea de Matilda Kahl es sencillamente magnífica.

Entró en una reunión después de pasar un rato demasiado largo pensando en qué ponerse y se fijó en que sus compañeros varones iban de traje, de uniforme, sin mayor problema, sin mayores complicaciones y se le encendió la bombilla esa de las ideas. Todos los día los veía vestidos así pero hasta ese momento no cayó en que esa podía ser la solución a sus problemas matinales.

Terminó la reunión y se fue de compras: 15 camisas blancas de seda y varios pares de pantalones negros, sencillos. Prendas básicas de esas que seguramente todas tenemos en el armario.

A esto le añadió una cazadora negra, una americana también negra y una cinta de cuero negra para darle un toque personal a su estilismo.

Estilismo que una vez creado y organizado en su armario, ha llevado puesto a la oficina in-in-te-rrum-pi-da-men-te durante los últimos tres años ¡tres años sin problemas de decisión delante del armario! ¿No os parece una auténtica genia esta mujer?

Con esto no sólo se quitó el problema de decidir, como os comentaba antes, sino que visualizó la exigencia de estilismo que se nos impone a las mujeres y la tremenda importancia que se da a lo que llevamos puesto nosotras en el ámbito laboral, con ellos la cosa es mucho más relajada.

Con un par de trajes o tres, unas cuantas corbatas y varias camisas de tonos suaves y blancas ¡listo! ¡Se acabó el problema, la presión y la indecisión!

Es curioso que esa presión por nuestra indumentaria no vaya directamente
relacionada con que cobráramos al menos lo mismo que nuestros compañeros, aunque ellos puedan repetir traje de manera indiscriminada sin mayor problema.

Pues no precisamente es todo lo contrario, lo de la brecha salarial es de esas heridas que provocan escalofríos al verla.  Un 19’3% de diferencia en nuestro país, una brecha que ha aumentado desde 2008 y que está casi 3 puntos por encima de la media de la Unión Europea. ¿De qué hablamos cuando hablamos de igualdad en este país?

No, a mismo trabajo es evidente que no todos cobramos lo mismo y ya si estamos hablando de Madrid, la diferencia es aún mayor para que cobráramos lo mismo que nuestros compañeros, hablando en términos generales, las mujeres madrileñas tendríamos que trabajar 81 días más que ellos ¡casi tres meses!

Dicho de otro modo, las mujeres madrileñas estamos 81 días trabajando sin cobrar si comparamos nuestros sueldos con el de nuestros compañeros, mismo trabajo, mismas responsabilidades pero claramente un sueldo bastante más bajo.

¿No se os rompe el alma al leer datos como estos a estas alturas de la película? No sé si es que llevamos haciendo algo mal durante demasiado tiempo o es que precisamente, no estamos haciendo nada al respecto.

Lo que es evidente es que algo tendremos que hacer. Sí, entre todos, pero nosotras más, con más fuerza, con más ganas, con más rabia por el tiempo perdido y con toda la razón que nos da estar viviendo esta injusticia desde hace años.

Si no lo hacemos por nosotras (que deberíamos, señoras, deberíamos) al menos hagámoslo por ellas, por nuestras hijas, sobrinas, vecinas. No es justo que las condenemos a ser menos valoradas por el simple hecho de ser
mujeres, no tiene ningún sentido, es tan absurdo que duele la verdad.

Un comentario sobre “¿Y hoy qué me pongo para ir a trabajar?”

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