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Sí, aún quedan días de verano como canta Amaral, no hay más que ver el calendario pero lo que entendemos por verano-verano o sea vacaciones, chiringuito, noches largas y tardes de playa eso ya ha quedado en nuestra memoria, si hemos tenido suerte estas vacaciones. Así que hoy traigo no uno sino dos libros de verano porque sí, porque merece la pena leerlos, porque nos ayudan a recordar los mejores momentos y porque son unos libros de esos perfectos para evadirse de la rutina que nos acecha.

Dos libros para nuestra estantería, para nuestro Uno al Mes de este año, porque ya sólo con leer el título entenderéis que en sus enormes diferencias tienen algunas similitudes que los hacen especiales para despedir el verano.

Empiezo por el de ella. Ella es Mónica G. Armero, una autora habitual entre mis lecturas por el buen rollo que desprenden sus historias y esta es una de ellas. «Todos los veranos del mundo» es una de esas novelas que se leen solas, no tienes más que ir siguiendo la música, las caras, los rincones, los gestos y las estancias por las que va desfilando la protagonista.

“¿Y si tu mayor equivocación es no tomar una decisión que lo cambie todo?” «Todos los veranos del mundo», de Mónica G. Armero

A veces la vida fluye y te lleva. A veces parece que no estás tomando decisiones, parece que haces lo que debes hacer aunque eso en sí ya es una decisión. Y a veces hay un día que la rutina se trastoca y la corriente cambia de rumbo sin avisar. Eso es lo que le pasa a Helena, la protagonista de uno de nuestros dos libros de verano.

Precisamente recordar los veranos de su infancia hace que los traiga de vuelta, volver a la antigua casa de sus padres, pasear por sus habitaciones, reconocer algunas y descubrir otras nuevas, volver a ver a sus antiguos amigos de la infancia en sus nuevas caras y sus nuevos cuerpos.

Y la magia de un establecimiento nuevo en el pueblo al que huir cuando los cambios la desbordan. Una librería mágica además de «voladora» en la que hablar de libros pensando en sentimientos.

Todo es «normal» en la historia, todo es no sólo previsible sino deseable, queremos que ocurra lo que tiene toda la pinta que va a ocurrir según vamos leyendo. Por eso no defrauda porque todo tiene su espacio y su momento en este nuevo devenir de acontecimientos en el que se convierte la vida de Helena.

Y todo lo vas leyendo con una sonrisa en los labios, ese es el secreto de Mónica G. Armero y sus novelas. No, no me preguntéis como lo consigue, sólo sé que conmigo sin duda lo consigue.

“Aquí se escucha bien el silencio.” «Todos los veranos del mundo», de Mónica G. Armero

La primera novela de Mónica G. Armero que llegó a nuestro Uno al Mes fue «La librería del Señor Livingstone» y pareció casi como una premonición, se abría una librería muy peculiar: la de los libros feelgood de esta autora.

Después llegó, «El noviembre de Kate», seguíamos transitando calles frías con historias que dejaban el corazón caliente, con cariño, con ternura y con bufandas de colores.

El tercero que cayó en mis manos fue «Un hotel en ninguna parte», un libro que suena a música y se lee como se leen las cartas que no se dirigen a nosotros o sí ¿quién puede saberlo?

Y ahora son «Todos los veranos del mundo» los que han vuelto a poner una sonrisa en nuestros labios mientras veíamos a Helena recuperar el control sobre su vida, sus sentimientos, su tiempo, sus decisiones y sus afectos. Y en el fondo todos queremos ser un poco como ella, al menos a veces.

“Porque pensaba que era demasiado tarde y porque te conocí demasiado pronto.” «Todos los veranos del mundo», de Mónica G. Armero

Dos libros de verano para este otoño

Y del todo a la nada, de «Todos los veranos del mundo» de Mónica G. Armero pasamos a «El año sin verano» de Carlos del Amor porque siendo tan distintos, en el fondo se parecen en muchos aspectos y no sólo en el obvio: los títulos.

«Las cosas se hacen y el tiempo las convierte en normales, en paisaje.» El año sin verano, Carlos del Amor

En esta ocasión la acción se centra en la soledad de una gran ciudad, en un vecindario, en un edificio, en las vidas que esconden las ventanas y las casas vacías durante un verano.

Una gran ciudad que se queda sola o mejor dicho, una persona que se siente sola en una ciudad que se ha quedado vacía, en un edificio en el que se guardan historias como quien guarda secretos.

Dicen que los periodistas son «cotillas con carnet» y en este caso, en esta historia, esta es una afirmación que se ajusta al cien por cien al protagonista. No es la única, como es lógico pero no por eso deja de ser cierta.

La acción la desata la curiosidad de un personaje y su capacidad de enlazar historias, es casi imposible no ver al propio autor en la piel y los zapatos del protagonistas con ese manojo de llaves que no solo abren puertas.

Una novela que al principio no me facilitaba conectar con la historia pero que de pronto, sin saber cómo ni cuándo, me atrapó y ya sólo pude pensar en conocer el final de ese peculiar año sin verano o con un verano que encierra demasiados otoños, no lo sé.

Dos libros de verano para despedir los últimos días que nos quedan de este, dos lecturas que sólo se parecen en el título y en su capacidad para entretener al lector ¿por cuál de ellas vas a animarte a empezar este otoño que tenemos casi encima?