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Para padecer de estrés en nuestras vidas tenemos motivos más que de sobra, es así y es complicado cambiar nuestra forma de vivir. No nos engañemos pero no todos podemos huir de nuestro estilo de vida. El estrés también se ve en nuestro cuerpo, va dándonos toques de atención, va mandando señales a través de nuestra salud y lo mejor que podemos hacer es controlar en la medida ese estrés y saber traducir y tratar esas manifestaciones, esos toques que nos da nuestro cuerpo y al que a veces hacemos muy poco caso.

Sí, la pandemia no ha venido precisamente a bajar nuestro nivel de estrés. Todo lo contrario.

Los cambios que ha supuesto la aparición del virus y las medidas que hemos tenido que ir tomando sobre la marcha nos han pasado factura. Las dudas, las preocupaciones todo eso ha afectado a nuestra salud mental, emocional y por supuesto física.

Nuestra vida se modificó de golpe hace dos años y ahí seguimos, con cambios sobre cambios y así, por esos cambios y esos nuevos miedos hemos reconocido que hemos padecido más estrés de lo habitual. Todos o al menos la mayoría de los españoles.

La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo y está relacionada directamente con los procesos psicológicos, con los nervios, con el estrés.

La piel no disimula, no puede y en cuanto sufrimos de ansiedad o tenemos recurrentes sentimientos de agobio, nuestro cuerpo produce hormonas como respuesta que afectan directamente a la salud y al estado de las células de nuestra piel. Se producen rojeces, dermatitis, urticarias o sequedad.

Además, cuando tenemos más estrés, de una forma inconsciente tendemos a tocarnos más la piel lo que favorece la aparición de irritaciones, infecciones y heridas.

Al debilitarse nuestro sistema inmunitario por culpa del estrés se pueden padecer herpes, calenturas, dermatitis e incluso episodios de psoriasis.

Los granitos o el acné son otro de los síntomas que pueden aparecer cuando vivimos una situación de estrés porque este provoca alteraciones hormonales que perfectamente pueden hacer que nuestra producción de grasa en la piel se descontrole.

Cuando vivimos estresados la circulación sanguínea en nuestro cuerpo se hace más lenta lo que dificulta la distribución del agua y otros nutrientes. Esta es una de las primeras muestras de envejecimiento prematuro.

El cabello tiene su propio ciclo vital pero las situaciones de estrés sabemos que aceleran su ciclo de vida y hacen que se caiga antes de lo previsto, las alarmas deben saltar si se cae mucho más al mismo tiempo porque puede ser un aviso de que estamos soportando demasiado estrés.

No es fácil conciliar el sueño cuando padecemos estrés y esto se traduce en cansancio generalizado, dolores de cabeza, ojeras que se marcan por la dilatación de los vasos sanguíneos. El estrés altera el ritmo habitual de nuestro cuerpo.

Podemos tratar de hacer algo de ejercicio de forma regular para destensar los músculos, liberar la energía y la tensión emocional acumulada. El ejercicio además va a ayudar a aportar más oxígeno a nuestro organismo y nos va a ayudar a controlas los niveles de estrés y/o ansiedad que estemos soportando.

Las actividades relajantes también son muy positivas para nuestra salud en situaciones de estrés elevado: una ducha reconfortante, ejercicios de respiración, meditación, un momento de desconexión a través de la lectura.

No todos nos relajamos igual como no todos gestionamos igual el estrés, pero en general sabemos que dedicarnos un poco de tiempo a nosotros mismos es necesario siempre y en situaciones de estrés aún más.

Salir al aire libre para recibir el sol en la piel y poder asimilar la Vitamina D es otra de las acciones que podemos poner en práctica ya que se trata de una vitamina que está relacionada directamente con nuestro estado de ánimo pero también influye en enfermedades cutáneas o en la caída del cabello, por ejemplo.

Abrazarse más genera oxitocina, una hormona que consigue contrarrestar el estrés tanto psicológico como fisiológico. Pero además, tiene efectos beneficiosos sobre la piel sensible porque ayuda a reducir su irritación e inflamación.

Dormir es imprescindible aunque en periodos de estrés nos cueste mucho más conciliar el sueño: no cenar tarde, no tomar bebidas con cafeína antes de acostarnos, mantener unos horarios más o menos fijos de sueño, dormir en una habitación confortable, son algunos de los pequeños gestos que podemos implementar en nuestras rutinas para mejorar la calidad de nuestro sueño.

Una dieta equilibrada siempre es necesaria pero en situaciones especialmente estresantes aún lo es más. Igual que lo es mantener una buena hidratación para reducir la sensación de cansancio, fatiga o incluso tristeza.

Si después de ver todos estos síntomas sobre tu cuerpo quieres tomar medidas, no dudes en que hay profesionales que pueden ayudarte. Pedir ayuda es de valientes, siempre.

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